Después de varias semanas durmiendo en aparcamientos o zonas de picnic, por fin encontramos un lugar para quedarnos de esos en los que la naturaleza te envuelve y sin esperarlo fuimos sorprendidos nuevamente por lo salvaje.

El embalse de Barasona o embalse de Graus está al final de un valle y mientras lo bajamos pasamos por innumerables pueblos deshabitados y en ruinas. Construcciones imposibles encima de elevaciones rocosas, puentes de piedra y al fondo de la garganta acompañándonos el agua serpenteante. David y yo deseamos parar en un caserón en ruinas cerca de la carretera donde presumimos podríamos dormir bien, pero anochecía y la hora crítica se acercaba, así que preferimos continuar hacia el lugar que habíamos buscado.

 

Alrededor del embalse de Barasona había marcados diferentes puntos posibles para pernoctar, así que tendríamos varias posibilidades. Pero muchos veces los puntos marcados por las apps como @park4nighto caramaps, a veces te marcan un sitio de la carretera nacional por la que vas, cercano al lugar y ala!, de repente el teléfono te dice “has llegado” y estás en medio de la carretera, jejeje y ya tienes que encargarte tú de llegar al sitio un poco por intuición y por las fotos, si las hay, que hayan subido a la app. Por eso no es buena idea llegar de noche a los sitios, jejejeje.
Fuimos despacito y viendo que había diferentes pistas que salían hacia la izquierda y que llevaban a pantano. Elegimos aquella por la que la furgoneta cabía mejor y nos adentramos despacito divisando desde el principio el pantano al fondo. Una vez recorrida la pista con matorrales a ambos lados, la maleza se abrió y divisamos el embalse en toda su extensión con los montes del Pirineo al fondo a la izquierda. Se veían las roderas que marcaban el camino hacia la derecha y condujimos por la parte más alejada al embalse hasta que la maleza fue demasiado alta entre las roderas y entonces, después de estudiar el terreno y de una pequeña discusión marital, decidimos ir campo a través, o más bien, pantano a través.

Encontramos la sombra y el lugar adecuado entre árboles y arbustos y nos instalamos a unos 150 metros de la orilla del embalse.

Luego fuimos a explorar con ganas de bañarnos! Pero según nos fuimos acercando, cuando la tierra blanca se convertía en marrón… el barro empezaba a pegarse en las suelas, subiendo por los lados y pringando los pies… era el sitio perfecto para Roberto y Greta que primero se quitaron las cholas, luego empezaron a hacer bolas de barro con las manos y tirarlas al agua, era el auténtico patio de juegos!!! (pincha en las fotos para ampliar)

Al anochecer hicimos la cena y nos colocamos fuera de la furgo a comer cuando de repente una inmensa luna comenzó a asomar por encima de la tierra en el lado de enfrente del embalse. Era alucinante porque todavía no había oscurecido del todo y realmente podría decirse que era el amanecer! Los cuatro nos pusimos de pie para mirarla alucinando de lo grande que se veía, de cómo iba saliendo poco a poco pero rápido, y de repente salimos corriendo a coger la cámara e intentar plasmar de alguna manera aquel momento. Roberto gritaba “es enorme!!” Y Greta decía “mira el Sol!”. La luna siguió subiendo y entonces empezó a dibujarse su reflejo, (que en verdad pertenece al Sol) en el agua del embalse. Qué regalo, qué momento, qué experiencia. Esa noche nos fuimos a dormir un poco más sonrientes.

 

Pero ahí no acaba todo lo que íbamos a presenciar. Al día siguiente, después de hacer un taller de los planetas con Roberto, puzzles con Greta, fabricar una cabaña con palos, preparar helados de zumo de naranja en la hielera…

 

Llegó la caída del Sol y entonces pensé: “oye, ahora cuando salga la luna (que tocaba luna llena), yo preparo la cámara con el trípode donde la furgo y David y los niños se van a la orilla del pantano y así cuando salga la luna hago zoom sobre ello y sacamos la super foto con la luna enorme!”. Estábamos ideando la escena mirando hacia la orilla cuando de repente y salido no sabemos de dónde, cruzó por delante nuestro a unos 100 metros, un jabalí!! “Mira un jabalí” “Es enorme!!” “Niños si viene hacia aquí corriendo a la furgo” “porque mamá?”…. Fue un momento impresionante, todavía no sé cómo David sacó el teléfono y le sacó una foto, cuando l@s niñ@s y yo estábamos con la boca abierta y un pie preparado para salir por patas, jajajaja.


David creyó ver perros la noche anterior pasando a la carrera por la orilla, ahora sabemos que eran jabalíes.
Esa noche la luna salía un poco más tarde y estaba ya oscuro oscuro, y después de ver aquella bestia corredora, aborté el plan de la foto lunar.

Sin embargo, me llevo muchas reflexiones de estos dos días en el embalse en los que solo vimos a dos personas paseando con un perro cuando ya nos íbamos:

Todas las noches, estemos donde estemos, podemos ver la Luna, pero en la naturaleza la conexión es diferente. No sé si porque no hay interferencia de luces de farolas y coches, de ruidos y voces, o simplemente porque cuando no estás rodeado de las paredes de tu casa, o del ambiente de tu ciudad, el entorno es desconocido, es salvaje como el jabalí, y tu existencia es vulnerable, eres pequeñito y te da la sensación de estar desprotegida, de no ser más ni menos que nadie, te sitúa básicamente en lo que eres . Desconocemos la fauna, tanto para ser precavidos como para respetarla. Desconocemos la flora, y la vida al aire libre. Estamos ocupados mirando hacia otros lados, y nos hemos olvidado de dónde venimos, pero tanto tanto tanto, que nos lo estamos cargando, y no nos duele porque estamos mirando hacia otro lado, y sin embargo la naturaleza nos acabará sorprendiendo, hasta último el final.

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